Todo empieza en un taxi en Dusseldorf, sales del aeropuerto y aunque sea domingo todo huele a lunes, a aburrimiento a lluvia y a sopa de pollo pre-fabricada de comedor escolar. El taxista es sirio y no habla inglés, tampoco alemán, y supongo que ha cogido al sitio al turco de hace veinte años que se ha vuelto rico, y quizás ha vuelto a su país como cuando volvieron los españoles y los turcos cogieron el suyo. Son oleadas de gente que entra y sale con el propósito siempre respetable de hacer algo con su vida en un lugar donde los acojan. Pasa un poco como en Barcelona, que los taxistas de antes les han dejado el sitio a los pakis, que saltan del garito de barrio al volante de un coche con más botones de los que nunca han visto en una ciudad que no conocen. Pero ahora es posible, ¿quién necesita conocer una ciudad cuando tienes un GPS que te habla en Pastún?
Llevo el corazón atropellado: si escribiera roto también serviría, pero es más atropellado que desgajado. Roto es distinto que desgajado. Desgajado es cuando alguien se ha llevado un pedazo, roto es que esta hecho pedazos. Muy distinto. Perro muerto, una casa que ya no se despide a las 4 de la mañana con una mirada de un can somnoliento, y a nadie a quien decirle que ya estás en el aeropuerto. El amor ni llega ni se va, sino que aparece y se esconde como el guadiana, o un caimán agresivo. Te devora, desaparece, te muerde, se larga, y ya no va de personas sino de sensaciones. Como cuando te subes a un taxi al volante de un sirio que ni te entiende ni quiere hacerlo. Hablo de amor y de viajar, porque si miro atrás, los taxistas sirios, el desapego, y el final de una relación van siempre de la mano. Borremos lo de sirio, el resto lo puedo dejar igual.
Recibo una llamada, tiene mucho más de auto-afirmación que de duda, es normal, necesita continuar viviendo, porque la vida cuando te cambia de golpe parece que le falte el aliento. Necesita decidir, es obvio, es normal, es lo justo. Aunque a medida que te alejas del barranco donde te dejaron la última vez, cuando pasa el tiempo, te das cuenta de que todo puede ser más pausado, menos urgente, más sereno, por mucho que transites tú también, por el mismo filo de la navaja. Más de Maupassant sin ser pesimista y menos de Lord Byron muriendo en Grecia.
Continuo con el taxista sirio, se ha perdido, el GPS se ha quedado sin pila, y no atina a saber dónde enchufarlo, me es completamente indistinto, no tengo prisa por llegar a donde voy, me grita –“No pay, no Pay”, y me ve en la cara que me la trae al pairo, y se tranquiliza. Deben de vivir jodidos estos tipos con la asepsia y rigidez alemana, yo no podría, moriría en damasco, con las botas puestas. Miro por la ventanilla, y rememoro todas sus palabras. Si, se estaba autoconvenciendo. Me preguntaba- “y tu qué piensas”, o me decía “siempre hablo más yo que tu”, y yo que pienso mucho y a veces hablo poco, me doy cuenta de que sería un Titanic para otro Iceberg sin un Carpathia a la vista, y recuerdo el parque de atracciones que era yo justo cuando me divorciaba de mi mujer y de mi vida anterior. Era una montaña rusa en acto. Cierro los ojos, y a pesar de que no me sienta cómodo con la decisión, creo que es mejor apartarme. En lenguaje técnico se llama “Conservación In-Situ”. La Capitana de Corbeta Italiana y bióloga estaría orgullosa de saber que la escuchaba cuando hablaba.
Si ella me lo hubiera preguntado, hubiera podido explicárselo, pero no creo que lo entendiera, porque su urgencia no tenía mucho que ver con mi voluntad de continuar. Hubiéramos hablado idiomas distintos, sin un destino común porque al final seriamos como un taxista sirio y su acompañante europea en un mundo que nadie conocía de verdad. El amor a lo mejor es un poco esto, un barco sin rumbo a merced de las corrientes, a lo peor un barco a merced de una corriente en rumbo a una colisión segura. El amor tiene tanto de subjetivo como poco de racional, y en algunos momentos es algo así como un bote salvavidas, o un lastre mortal. En ese caso era su bote salvavidas y a mí me pareció otra cosa.

Parece que llegamos, el conductor sirio ha sudado, y en Dusseldorf hace frio, yo aun miro por la ventana, pienso en muchas cosas, en el rapto de Elena, en Cadaqués, en restaurantes japoneses, y biopicos de cantautores americanos que siempre me parecieron antipáticos. Me vienen a la cabeza tantas cosas que necesito resguardarme para volverme a encontrar, he perdido mucho en todo esto, y supongo que no soy el único, es lo que tiene entregarse a taxistas sirios y al amor de Lord Byron. Me mira desde el retrovisor, y me dice que se va a un garito que tiene al lado mientras decido salir o no del taxi. Creo que no entiendo lo que está pasando y de golpe me doy cuenta de lo cerca que estamos los tres: el Taxista tú y yo, sumergidos todos en el mar de la incomprensión, el que se encuentra entre la vida y el vértigo o simplemente a medio camino entre nosotros. Me bajo. Me grita “no pay, ¡no pay!” y yo giro la cabeza y le sonrío, esperando que el precio de todo esto no hubiera sido demasiado caro, para ninguno de los tres. Continúa lloviendo fuera y el olor a sopa de pollo a mudado a una ligera fragancia a caléndula.
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